Willy McKey

Willy McKey: La palabra versátil

“Yo soy de Catia”, son las primeras palabras de Willy McKey en esta entrega de Guao, como quien muestra de entrada la cédula de identidad. La verdadera. Una procedencia que marca una ruta, un modo de observar y recorrer la vida. También de cifrarla y descifrarla. Un mapa del origen donde la familia, los maestros y los amigos adquieren un lugar privilegiado en la memoria.

Pero antes de ser llamado McKey, fue Willy Madrid Lira, hijo de una maestra y de un operador del Metro, nacido el 11 de septiembre de 1980 en la popular Parroquia Sucre de Caracas. De la infancia recuerda con gratitud a su maestra Yolima, de la escuela Juan Antonio Pérez Bonalde, quien hizo “el acto de magia más grande que se puede hacer con un alumno: enseñarle a leer”. Apenas a los tres años, Willy McKey descubre los dos verbos que conjugan su vocación: leer y escribir. En adelante, su vida será la diversa entonación de ambos descubrimientos.

Aunque confiesa padecer de fotofobia y amaxofobia – intolerancia anormal a la luz y miedo a manejar vehículos–, McKey ha sabido ingeniárselas para sortear esas limitaciones. No sorprende entonces verlo conducirse con versatilidad –y hasta con ubicuidad– en varios vehículos de la comunicación que van desde la crítica literaria, la poesía, la crónica y la semiología política, hasta la edición, la radio, la música y el teatro. Cuando en una charla pública, el moderador presentó a Willy McKey como promotor cultural, su compañero de mesa, el poeta Rafael Cadenas, lo corrigió: “será más bien agitador cultural”. Ese bautizo imprevisto se convirtió para McKey en consigna y estrategia: obrar por la cultura también implica sacarla de sus casillas.

Después de haber estudiado Letras en la Universidad Central de Venezuela, sus inicios en el oficio de la literatura lo muestran como creador, crítico y editor de poesía. Su poemario Vocado de orfandad obtiene el Premio Fundarte en el año 2008. Luego crea junto a Santiago Acosta el proyecto hemerográfico El Salmón (Premio Nacional del Libro 2010), una revista que se propuso revalorizar ciertos temas y autores de la tradición poética venezolana. En 2011, publica su trabajo más ambicioso, Paisajeno, artefacto literario que se ofrece como una experiencia poética desde el inicio mismo de su adquisición: el libro no se vendía en librerías; su autor lo entregaba personalmente al lector. Paisajeno despliega vasos comunicantes con el ámbito digital, donde el discurso se expande y transforma en cada interacción. La naturaleza del libro se compone además de performances poemáticos que fueron ejecutados dentro y fuera del país. La repercusión de esta obra ha hecho que la editorial madrileña Esto No Es Berlín la incluyera en su catálogo y el escritor español Jorge Carrión la calificara como “uno de los libros más importantes de la literatura venezolana de las últimas décadas”. Willy McKey se alzó con el Premio Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas 2016 y continúa trabajando en su obra Pleistoceno (dieciocho cantos contra el petróleo).

Inquieto por naturaleza y convicción, Willy Mckey ha dejado también su huella en el quehacer musical. Entre estas incursiones se cuenta el experimento poético Nuestra Señora del Jabillo, combinación de imaginarios religiosos y música en coautoría con Carmen Ruiz, Ximena Borges y José Alejandro Delgado, y varias colaboraciones en proyectos de artistas como Yordano, Rafael “El Pollo” Brito, Franco De Vita, Ulises Hadjis y la banda oaxaqueña Paulina y el buscapié. El teatro tampoco ha permanecido ajeno a sus asedios creativos: escribe y produce para el Teatro Nueva Era, y hasta se le ha visto recitando y actuando sobre las tablas. Por si fuera poco, mantiene sus apariciones radiales, sus proyectos literarios y su participación como editor, articulista y cronista de uno de los portales periodísticos más importantes del país: Prodavinci.

Willy McKey reconoce que su multifacética labor está marcada a fuego por su formación educativa. Por eso considera el estudio como una disciplina que debiera trascender los recintos institucionales y convertirse en un hábito de vida. “El estudio –señala– posee una doble dinámica: singular y colectiva. Más que una actividad formativa, de crecimiento intelectual, es sobre todo un acto que permite rescatar dos cosas valiosas: pasar tiempo consigo mismo y compartir lo aprendido con los demás”. Si algo queda claro en el trabajo incansable de Willy McKey es que todo lo que sabe y lo que inventa lo comparte en diversos formatos creativos. Un acto de entrega que apenas lleva 36 años de agitación cultural.

Luis Yslas

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